viernes, 23 de marzo de 2018

Sobre el amor y otras cosas.


Cuando el amor es amor, es maravilloso, no me digan que no. No se duerme, no se come, se sueña despierto y se cantan canciones que no sólo se cantan, que se sienten, que se viven. Se mira al otro como el que mira un milagro, se agradece a la vida que lo haya puesto en tu camino. Y se vibra, se baila, se brinda y se hacen planes, se piensa en morir de viejos cogidos de la mano, después de haber sido testigos de la vida de unos hijos nacidos de lo más profundo de ese sentimiento, después de haber sido dos personas en una durante lo que se nos prometió como una eternidad, pero que luego no fueron más de cincuenta o sesenta años, que en realidad no son nada.
Ese amor es maravilloso, no lo duden. Hasta hoy no me di cuenta de que mi amor, ese amor que nació con ínfulas de eternidad, había muerto hacía mucho tiempo, y yo ni siquiera lo sabía. ¿Se lo pueden creer? No supe en qué momento sucedió, no lo lloré, no le di la despedida consciente y desgarrada que se merecía, porque fue tan grande, fue inmenso. No le guardé luto en mi corazón, es más, ni le dediqué unos minutos de silencio, porque un extraño sucedáneo había ido ocupando sibilinamente su lugar, impidiéndome ver que mi amor eterno ya se había ido para siempre. Aquel invitado de piedra me enseñó a dar por buenos la soledad en la compañía de la persona que se supone que más te ama, la ausencia antinatural del roce piel con piel, las miradas cargadas de indiferencia y desaprobación, que fueron sustituyendo cobardemente a aquellas de los primeros años, inundadas de orgullo y deseo, los reproches, que nacen del descubrimiento de que una ya no significa lo mismo para el otro, ya no vale lo mismo ante sus ojos. Y mientras yo luchaba por mantener con vida a ese falso amor, a ese sustituto que se había instalado en mi casa y en mi cama sin que yo lo hubiera invitado, sin que yo lo hubiera visto siquiera venir, mientras lo alimentaba con resignación y falsas esperanzas de que todo volvería un día a ser lo que fue, mientras agachaba ante él la mirada, incapaz de enfrentarme a sus ojos y preguntarle: “¿Tú quién eres y por qué me haces esto?”, mi amor, el que se me juró eterno, yacía muerto bajo mis pies, ignorado, dado por hecho, abandonado, pisoteado. Y ya ni siquiera sabrá nunca cuánto siento no haberme dado cuenta de que ya no estaba, de que lo había confundido con otra cosa, con otra presencia fría, triste y gris que, sin hacer nada para ello, se había ganado el lugar más importante de mi vida, el de mi corazón. Lo siento, amor, no sabes cuánto.

miércoles, 8 de marzo de 2017

POR ESCRITO SÍ, POR ESCRITO NO.

La comunicación escrita ha tenido un papel relevante desde el mismo momento del nacimiento de la escritura, papel que se vio aumentado de forma exponencial con la aparición de la imprenta. Sin embargo, la carta o el telegrama han quedado relegados en los últimos años a un segundo plano por nuevas formas de comunicación escrita surgidas en la era tecnológica que nos ha tocado vivir, léase Whatsapp, Line, Messenger y las redes sociales Facebook o Twitter, por mencionar sólo algunos ejemplos. Estos recursos han afectado sustancialmente la forma en que nos comunicamos por escrito. La palabra, oral o escrita, es un herramienta que se ha utilizado para socializar, comprar o vender, sellar pactos, y mil cosas más. Y al igual que un hacha puede servir lo mismo para cortar árboles, que para cortar cabezas, la palabra puede utilizarse para nobles propósitos y para otros no tan nobles, o muy perversos.
¿Alguna vez se han planteado la facilidad con que se escriben insultos en las redes o con la que se extienden rumores sobre cualquiera, desde el vecino de la comunidad, hasta el profesor del colegio? Hay personas que expresan a través de las mismas una crueldad, un odio y una falta total de respeto al ser humano que estoy segura de que no serían capaces de manifestar si no estuvieran escondiéndose detrás de la pantalla del ordenador, por no hablar ya del anonimato que dichas redes facilitan. Estas personas son capaces de expresar por escrito cosas que casi no se atreverían a reconocer que piensan en vivo y en directo. Imagino que la facilidad con que se expresan en estos términos viene dada primero por la distancia física del objeto de sus insultos, después por el mencionado anonimato y por último, por la ausencia total de lo que los ingleses denominan feedback, es decir, el otro sujeto no puede contestar en el momento a sus improperios, lo que hace también que el que insulta o trata de humillar no tiene la oportunidad de observar el efecto que están teniendo sus palabras ni de ser objeto de ningún tipo de represalia, que no sea por escrito. De ahí que el ciber acoso se haya convertido en la enésima lacra de la sociedad actual…y las que nos quedan. No hace mucho vi un documental británico sobre una familia cuyo hijo adolescente se había suicidado después de haber sido objeto del acoso de sus compañeros. Sus padres, destrozados, crearon una página en Facebook para que sus amigos pudieran transmitir sus condolencias y contar sus experiencias con el chico, a modo de póstumo homenaje. Resultó que el mismo chaval que lo acosaba mientras estaba vivo, se dedicó a mofarse de las publicaciones de la página de pésame con comentarios crueles, y decorando las fotos del difunto con una soga, aludiendo a la forma en que se había quitado la vida. Como madre, como profesora, pero más aún como ser humano me pregunto qué puede llevar  a un chaval a semejante nivel de crueldad con alguien con quien en realidad, y aunque sólo fuera por tener la misma edad, debería empatizar. Creo que uno de los grandes defectos de estas nuevas formas de comunicación es que despersonalizan al individuo y que esta es la causa de esas situaciones. El otro, el del otro lado de la pantalla, no es un chico, es un objetivo a quien atacar ¿Hubiera actuado este personaje de la misma forma de haber tenido delante a esos padres destrozados por el dolor?
Y otro tema que me preocupa mucho, relacionado con lo anterior es el relacionado con la absoluta falta de intimidad que provocan estas redes y aplicaciones. Tengo por costumbre aconsejar a mis amigos, familiares e incluso alumnos que no expresen ciertas opiniones por escrito, ni siquiera con sus mejores amigos. Mi opinión, esa que no quiero hacer pública, que la tengo, como todo el mundo, jamás la expreso en las redes. Es tan fácil calumniar a alguien como sacar una de estas opiniones de contexto y hacer una captura de pantalla que podrá ser usada cuando, como y con quien se quiera. Y subrayo “ni siquiera con sus mejores amigos” porque ésta que les habla se ha visto recientemente envuelta en un caso similar en el que alguien a quien yo consideraba amiga había recurrido a esta treta de la captura de pantalla para difamar a un familiar mío. Por suerte no soy profana en estos temas, trabajar en un instituto conlleva estar al día de todo lo relacionado con cualquier tipo de abuso, porque lo que tenemos entre manos es “material sensible”, son personas en pleno desarrollo que un día serán los adultos que nos tomen el relevo. Reaccioné como la razón me aconsejó, lo cual no viene al caso, y lo primero que hice fue apartarme de esta persona. ¡Pero yo he visto a chavales compartiendo sus contraseñas! Si uno de ellos usara la contraseña del otro para publicar a través de sus cuentas, podría difundir cualquier cosa, verdadera o falsa, cualquier imagen pasada por photoshop que pareciera auténtica, con consecuencias inimaginables, y el camino para resolver esta situación sería uno largo y tortuoso de denuncias e investigaciones, por ponernos en el mejor de los casos. Afortunadamente, ya que esta persona no era en realidad amiga, yo no perdí nada al apartarla de mi vida…bueno, sí, tal vez perdí un poco más de la poca inocencia que me queda, y un poco más de fe en el ser humano. 


domingo, 26 de febrero de 2017

PAÍS DE PALMEROS Y CHUPIPANDIS.

En España, cualquier cosa que huela a nuevo nos da escalofríos, reconozcámoslo. Si eres una persona inquieta, abierta a nuevas experiencias, deseosa de hacer cosas diferentes en entornos en los que “las cosas son como son”, te deseo mucha suerte. Sí, porque la vas a necesitar en cuanto te encuentres con los distintos cortijos en que se divide cualquier entorno laboral. Están los directores, que llevarán más o menos años apoltronados en sus cómodos sillones, normalmente totalmente ajenos a la realidad de lo que sucede fuera de sus despachos, casi siempre hombres, y que no tienen especial interés en renovar el lugar que dirigen, sino más bien mantener el statu quo que les llevó a su tranquilo despacho y a sus comidas de ejecutivos y sus partidos de pádel. Suele suceder que este hombre generalmente no es peligroso per se, lo único a lo que aspira es a conservar su puesto si puede ser hasta su jubilación y no tener que lidiar demasiado con la masa de trabajadores a los que supuestamente dirige. Se limita a pasear entre la plebe de vez en cuando, preguntar por la salud para quedar bien, felicitar algún cumpleaños o nacimiento y luego diluirse el resto de la jornada vaya usted a saber dónde. 
El problema es que este espécimen está rodeado de consejeros, amigos y trepas de turno que pretenden hacerse un hueco en el concubinato a base de denunciar, criticar y acosar a sus compañeros. He aquí los miembros más peligrosos del cortijo, "la chupipandi". No sólo son compañeros de trabajo del mencionado director, sino también amigos particulares, o compañeros ocasionales de cañas y comidas, que es, tenedlo claro, el lugar donde en este país se corta el bacalao realmente. Se resuelve más en cualquier comida de empresa que en todo un año laboral dentro de la oficina. Es normal, si tenemos en cuenta que en ellas no suelen estar presentes las notas discordantes, los que no son palmeros ni lo pretenden, de este individuo aferrado a su sillón. Porque, no nos engañemos, bastante tienen los pobres trabajadores con ver las caras del jefe y sus palmeros a diario, como para encima tener que salir a comer o a jugar al pádel con ellos. 
Quizás tengas la suerte de ser bien recibido por la chupipandi, pero esto no suele suceder por el sencillo motivo de que en ella ya están todos los que son y son todos los que están. Lo mejor que te puede pasar es que te ignoren, cosa que sólo sucederá si no destacas en ningún aspecto. Porque ¡ay de ti si lo haces! Esas mentes huecas, anquilosadas en sus privilegios, por pequeños que te parezcan a ti todo un logro para ellos, conseguidos a base de hacer la pelota, reír los chistes malos de los superiores y hasta hacerles favores personales de diversa índole. esas mentes estrechas y oscuras como los pasillos de una prisión medieval, sólo tendrán una idea parpadeante y escrita con luces de neón en ellas: eliminarte. Eres un peligro, quieres cambiar las cosas, te gusta mucho tu trabajo y tienes cada día nuevas ideas para hacerlo más interesante tanto para ti como para tus compañeros, y ¿por qué no? , también  más agradable. Odias repetir una rutina que ya quedó más que demostrado que es inútil y que está obsoleta, odias ir a trabajar como el resto, protestando porque es lunes y ansiando con todo tu cuerpo y tu alma que llegue el viernes para dedicarte a lo que verdaderamente te gusta: simplemente vivir. Pretendes introducir un poco de energía positiva en tu entorno, para así sentir que lo que haces vale la pena, que aún no te has vendido por un par de horas menos de trabajo a la semana, y sucede lo inevitable. Has captado su atención. A partir de este momento, querido trabajador motivado, se acabó tu tranquilidad. Serás observado sin reparo alguno, porque créeme, la chupipandi no se corta un pelo, al contrario, su primera estrategia es hacerte saber que te han visto venir, que el aire fresco que te rodea ha llegado a sus fosas nasales y no les ha gustado nada. Normal, por otra parte, teniendo en cuenta lo mal que se llevan el olor a viejo y a humedad con el aroma de vientos nuevos.
 Pero la cosa no quedará ahí, en ese “acoso sutil”, por llamarlo de algún modo, y aprovechando lo moderno del término. También averiguarán cosas sobre ti, hablarán con otros compañeros que puedan haberse dejado llevar por tu entusiasmo para averiguar en qué andas, y éstos, los que tú creías semejantes, estarán deseando escuchar cualquier oferta para ejercer de Judas contigo y venderte por unas palmaditas en la espalda y un “sabes que lo tendremos en cuenta”. Su movimiento final será sacar a relucir algo que, según ellos, no has hecho o no estás haciendo bien y hacer que la noticia corra como la pólvora con el único fin de que llegue a tus oídos, pero sin que puedas averiguar la fuente, sin que haya un nombre propio al que dirigirte para hablar como a ti te gusta, con libertad, con claridad, sin coacciones. Ya estás perdido. Ahora tu única salida, si quieres seguir manteniendo este puesto de trabajo que tanto te gusta, es hacer saber que lo has captado, retractarte en la medida de lo posible de la imaginaria ofensa de que se te acusa y volver a empezar, eso sí, sabiendo ya que Gran Hermano te vigila y que todo el peso de su poder caerá sobre ti si vuelves a sacar los pies del plato. ¡Cómo me gusta 1984! 
Y no dependerá de ti marcharte con la cabeza muy alta a buscar otro trabajo, a empezar de nuevo, porque tú, querido trabajador, eres el esclavo moderno, estás atado a una hipoteca más o menos grande, probablemente tienes una familia que necesita no sólo del sueldo de tu cónyuge, sino también del tuyo para poder vivir, eso suponiendo que tengas cónyuge. Tendrás además un coche que necesitas para desplazarte a tu trabajo, incluso quizás tengas dos, pues tu pareja también necesitará uno. Así que sí, agachas tu cabeza, adoptas la sonrisa sarcástica y el tono gris y sigues al paso que te marca la mayoría. ¿Y te extrañas aún, querido lector, de lo que pasa a gran escala en este país? ¡Si no es otra cosa que un cortijo más grande!


lunes, 20 de febrero de 2017

A MÍ UN HOMBRE NO ME PEGA.

¿Qué te has inventado para poder venir?- preguntó Marta con gesto de complicidad, mientras se sentaba y hacía un gesto al camarero para que le trajera una copa de vino como la que estaba tomando su amiga.
-Nada, Raúl es guay. No le importa que quede de vez en cuando con mis amigas para salir. Hombre, si hubieran venido los chicos la cosa hubiera sido diferente. Pensé en no decirle nada, pero luego, bueno, ya sabes, esto es una ciudad pequeña, se hubiera enterado igualmente. ¿Y tú?
-Yo le he dicho que mi madre se encuentra pachucha y que iba a quedarme a dormir con ella. La he avisado, por supuesto. Una noche es una noche. No sabes cuánto me apetecía quedar, charlar de nuestras cosas. Entre el trabajo, los críos, la casa…oye, que es imposible salir a mi aire.
-¿Vendrá Laura?-preguntó Isa, casi segura de que sabía la respuesta.

-¡Laura! No creo. Alberto la lleva con la correa muy corta, ya sabes que cuando bebe se le suelta la lengua y…bueno, acuérdate de la última vez.
Isa se sumergió por unos instantes en imágenes de su amiga Laura pasándolo muy bien en la boda de otra amiga común. Primero estaba un poco alegre, lo normal cuando una no sale mucho y toma un par de copas. Incluso se rieron con ella y sus cosas un buen rato. Estaba radiante. Pero un rato después empezó a llorar, y a decir que era una desgraciada, y a decirle a la novia que había hecho la tontería más grande de su vida., ahí, llorando a moco tendido. Estaba claro que ya se había pasado de copas. Alberto tuvo que llevársela a la fuerza para evitar que el espectáculo fuera a más. Después todo el mundo se quedó murmurando un buen rato. Ya sabían todos que Alberto tenía muy mal carácter, ella misma lo había comentado varias veces con sus amigas, incluso le había dado alguna vez una bofetada, o eso decía ella, que a saber si es cierto. Laura fue siempre un poco fantástica. Marta la sacó de su embobamiento al decirle:
-Chica, yo te lo digo en serio, a mí un hombre me pone la mano encima y sólo lo hace una vez, porque no me ve más el pelo.
-¡Acabáramos! ¡Hasta ahí podíamos llegar! Cambiando de tema, ¿qué tal Raúl con sus nervios?
-Pues ahí anda, a veces está muy bien, muy contento, y da gusto estar a su lado, y otras veces, bueno, ya sabes, se la va la olla. Menos mal que ya no la toma con los marcos de las puertas cuando se cabrea. Tuvimos que cambiar uno de cómo lo dejó. Menudo golpe le dio.
-Es curioso lo de tu marido, siempre fue muy buena persona. Deben ser los nervios, a veces nos juegan malas pasadas.
-¿Qué quieres que te diga? Yo desde que lo conozco es así. ¡Pocas ocasiones especiales me ha estropeado con su mal genio! Aborrecí mis cumpleaños, las reuniones familiares…en fin. Acuérdate de que ni su madre quiere venir a casa si puede evitarlo, por si monta algún numerito.
-¡Ay que ver! Y eso que es su madre.
-Pues sí. Pero en cuanto puede lo primero que me suelta es que su hijo no era así, que algo habré tenido que ver yo en este tema.
-¡Será hija de puta!
-No, pero si al final le voy a acabar dando la razón. Si todo el mundo me dice igual, que era un encanto, un chico buenísimo. Y no te digo yo que no, por eso me enamoré de él. Y por eso llevo veinte años aguantándolo.
-Claro. Y más viniendo de donde tú venías. Que tú también sabes lo que es meter la pata con un tío.
Marta aprovechó para dar un sorbo lento y largo a su copa de vino y sin querer, su mente volvió a los 17 años, cuando aún era casi una niña, y recordó a Pablo, “el elemento” como su madre solía llamarlo. ¡Ese sí que era un sinvergüenza! De día decía que estudiaba, porque lo que era ir a clase, no iba ni la mitad de la semana, y las noches se las pasaba con unas y con otras en algún pub. “Menos mal que me lo quité de encima”, pensó, pestañeando varias veces para salir de sus pensamientos.
-A ver, que Raúl es bueno, lo que pasa es que tiene muy mal carácter. Hay que saber cómo y cuándo decirle las cosas, porque si no lo haces bien, ya has perdido la batalla.
-Pues mira, ya que estamos aquí hablando de todo. Yo si fuera tú, me divorciaría.Marta abrió los ojos como platos.
-¿Divorciarme? ¿Y eso? –logró decir con una falsa sonrisa en la cara.
-Porque tú trabajas, mujer. No tienes necesidad de aguantar a nadie. Tus críos son ya grandecitos y, oye, que no les vas a causar ningún trauma, total, en casa siempre están viendo malas caras.-Oye, siempre no…a veces estamos muy bien, viajamos, salimos…
-Ya, ya. Si eso lo sé. Pero vaya, que si a mí un tío me monta un pollo cuando le da por ahí, y yo tengo mi trabajito y a mis hijos grandes lo va a aguantar su madre.-A ver, es que tú eres muy exagerada. No es para tanto.Laura dio otro sorbo a su copa de vino y recordó un día en que Marta la llamó llorando como una Magdalena para contarle que Raúl le había hecho las maletas y la había echado a la calle. Literalmente. Le había dicho que la iba a llevar a casita con sus padres para que se la quedaran porque estaba harto de ella. Todo esto delante de la madre de él, que no sabía dónde meterse. Marta lloraba y lloraba, tanto que casi no se la entendía. “¡Qué vergüenza he pasado, Laura! Delante de la madre…y menos mal que el padre se ha hecho el tonto y no ha salido a ver el follón. ¡Es que me ha puesto las maletas en la puerta! Menos mal que la niña no entiende nada aún. De esta no pasa. Me separo y punto. Y si vieras cómo me trató en el centro comercial. Dio media vuelta y se fue, y me dejó allí sin móvil, con el carrito con la cría y las bolsas, cargadas. Vamos, que si no corro detrás, no sé cómo hubiera vuelto a casa. Ni dinero para un taxi llevaba.”La cuarta copa de vino ya había caído y allí seguían las dos solas. Isa, por supuesto, no había aparecido. Y a la única que probablemente vería hoy sería a Lola. ¡Ay, Lola! Esa sí que vivía a gusto, con su buen trabajo, sin hijos, sin pareja fija…Eso debe ser la libertad. Todos los veranos se iba de vacaciones a sitios exóticos, o a cruceros por el Mediterráneo, con una pandilla que tenía, todos solteros también. Tanto Laura como Marta estaban pensando lo mismo sin decir palabra. Se notaba en sus miradas la evocación del sueño hecho realidad, de la libertad más absoluta. Tú sola, sin nadie en el mundo que te diga lo que tienes que hacer, con tu buen sueldo y tus amigos, sin hijos, sin suegros, la pobre hasta sin padres, pues murieron hacía un par de años uno detrás del otro.De repente, Marta preguntó en voz alta:
-¿Crees que vendrá Lola?
-Seguro. Pero ya sabes cómo es. Tarda siglos en arreglarse. Como ella no tiene a nadie que le meta prisa.
-Vaya. Pero mira…tampoco deber ser muy feliz, digo yo, vamos, no es que me lo haya dicho ella.
-Hombre, una mujer joven, sola, sobre todo sin hijos.
-Eso sí, los hijos son lo mejor del mundo. Yo no cambiaría a los míos por nada. Laura volvió a mirar el reloj.
-Pues yo casi que me tomo la copa y me voy.
-¿Ya? ¿Pero no íbamos a cenar y a tomar unas copas después?-Sí, pero…me acabo de acordar de que mañana tengo a la familia para comer. Llevamos aquí dos horas y ésta no ha llegado…igual ni viene.
-A ti lo que te pasa es que te ha dicho Raúl que no llegues tarde. ¿O no?-preguntó Marta en tono burlón.
-Habló la que le ha tenido que decir al marido que se va a casa de su madre a dormir.-contestó Laura algo enfadada.
-Es que para una noche que tengo…venga, no te vayas…- Marta, que ya sabes cómo se pone. Y que acabamos de reconciliarnos después del lío que tuvo con la de la cafetería…a ver si esta vez… aunque sea por el niño.
-Una copa más y ya está. ¿Vale?
Laura se reclinó de nuevo en el asiento en actitud de quedarse un poco más, mientras Marta hacía gestos al camarero para que llenara sus copas. De repente los ojos chispeantes de las dos amigas se encontraron mirándose fijamente. Nadie podría imaginar qué pasaba por sus mentes. Entonces, Marta dijo:-Lo dicho. Que a mí un tío no me pone una mano encima. Hay que tener dignidad en esta vida.


lunes, 13 de febrero de 2017

FABRICANDO ACOSADOS

Cuando yo era pequeña, con 8 o 10 años, tuve que llevar parche en un ojo supuestamente para mejorar su visión. El horroroso trozo de tela adhesiva de color "carne" tuvo que ser sustituido por un aún más horroroso tapón de goma negra que se adhería al cristal de las gafas, pues mi pobre madre sufría mucho cada vez que al retirarme el parche me arrancaba media ceja al mismo tiempo. Así fue como en clase, en clases de mecanografía y hasta en el barrio me apodaron Falconetti en honor a un malo malísimo de una serie de televisión que estaba de moda en los ochenta. La verdad es que yo no le di mucha importancia. Le pregunté a mi madre quién era aquel tipo y cuando le dije que me llamaban así por el parche, me dijo simple y sabiamente: "Tú no hagas caso, cariño. Son cosas de niños. En unos días se habrán acostumbrado y se les olvidará." Más de treinta años después doy fe de que nadie me conoce por aquel mote. Mi madre tuvo razón, como en tantas otras ocasiones. Cuanto más importancia se le conceda a cualquier asunto, más escabroso se vuelve, más insalvables las distancias y más difícil una solución positiva.
Gracias a las forma de actuar de mis padres, aprendí desde muy pequeña a distinguir entre lo que es importante, en cualquier ámbito (social, laboral o familiar), y lo que no, y considero que mi mente no está para albergar información o recuerdos que no aportan nada a mi, por otra parte, humana y por tanto breve existencia.Desde la perspectiva de la madurez, habiéndome convertido en esposa, madre de dos fantásticas hijas, profesora de enseñanza secundaria, y hasta amago de escritora, me alegro muchísimo de haberme aplicado siempre aquel consejo.Dicho esto, quisiera analizar brevemente el mundo que les ha tocado vivir a nuestros hijos, que, para bien o para mal y unos más que otros, afortunadamente, han perdido la libertad de jugar en la calle con los vecinos, cayéndose, desollándose una rodilla y volviéndose a levantar, llevándose algún que otro golpe unas veces más intencionadamente que otras, y teniendo algún mote por el que todos los demás los conozcan, tipo "el canijo", o "la sindientes", y desde luego, poniéndolos, que para eso estaban las pandillas.Ese era mi mundo, uno en el que los problemas se arreglaban entre nosotros, donde un día te hablabas con uno y al día siguiente no, pero al otro ya te hablabas otra vez con él, un mundo en el que nuestras sabias madres no intervenían, por no hablar de nuestros padres, porque "eran cosas de niños. "Las madres eran esa autoridad suprema que aparecía cuando se pasaba a mayores, cuando te pegaban o te insultaban, o te hacían la vida imposible de verdad, algo que curiosamente no pasaba casi nunca. Cuando ellas intervenían era porque algo gordo había pasado y una vez las madres hablaban volvía la paz. Puede que ya no te hablaras más con el que te había pegado o insultado de forma hiriente, o quizás sí, puede que aquellas dos madres ya nunca volvieran a hablarse, o puede que sí, pero ahí, amigos, se acababa la historia.Nuestros hijos, sin embargo, encerrados en la soledad de sus cuartos con ordenadores y móviles, o atrapados en el frío mundo de las actividades extraescolares con las que nos libramos de ellos
toda la tarde, y sí, claro que estoy generalizando, teniendo como únicos amigos a unos cuantos compañeros de clase con los que solamente conviven en ese entorno, han perdido la capacidad de distinguir entre lo que es normal a su edad y "lo que se sale de madre" ¡Que fantástica y apropiada expresión! Y han oído de los adultos, generalmente padres y profesores, la palabra "acoso", y han decidido que si Juan escribe en la pizarra "Pepita es tonta", Pepita tiene que ir llorando desconsoladamente a casa porque, oiga usted, "la están acosando". Y esa madre, en lugar de restarle importancia y decirle a Pepita que eso son cosas de críos, que ella sabe mejor que nadie lo lista que es su Pepita, y que la próxima vez escriba debajo del mensaje algo como: "Tonto el que lo ha escrito", esa mater amantísima, monta en cólera, coge al marido por banda y le dice que a su Pepita la están acosando. Y ambos se van a buscar al tutor de los niños a contarle el "grave acoso" a que su hijita está siendo sometida. Señores míos, eso no es acoso, eso es la vida, y si nos empeñamos en que los niños no vivan como los niños que son, no pretendamos que de mayores sean los adultos que deben ser.No abusemos del lenguaje, no enseñemos a los críos ese complicadísimo mundo de adultos al que tarde o temprano no tendrán más remedio que llegar, dejemos que sean felices en su inocencia de niños, esa que cada vez se pierde antes por culpa de personas que no fueron niños normales, que no son, por tanto, adultos normales. Llamemos a cada cosa por su nombre, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

PECANDO DE SINCERIDAD

La vida es puro teatro
 Para empezar, quisiera decirles que este artículo es sólo una opinión personal, que no pretendo ofender a nadie, y que no aparecen casos reales en él, sino generalizaciones que se repiten en todas partes, y que además, van a ser tratadas con un poco, o un mucho, de ironía. Si alguien se siente ofendido o molesto, sólo tiene que dejar de leer, aunque yo también le recomendaría un ejercicio de introspección a estas personas que se molestan tanto por todo. Hay muy buenos psicólogos que necesitan trabajo y que harían una gran labor para la sociedad si los tuvieran como pacientes. Todo este rollo de introducción que les he soltado se debe a lo peliagudo del tema que les traigo hoy. Soy una persona sincera, no puedo evitarlo. Odio la expresión "políticamente correcto" cuando se refiere ni más ni menos que a la hipocresía de toda la vida, que no es el mismo uso que cuando se utiliza con la finalidad de suavizar o evitar cualquier tipo de conflicto. Si ustedes también lo son, enseguida les habrán venido a la mente varias ocasiones en que su sinceridad les provocó algún quebradero de cabeza, ya fuera este un simple disgusto o un problema en toda regla. Y permítanme decirles algo muy importante: ser sincero no está bien visto, es más, a las personas que lo son se las suele vigilar muy de cerca en todos los ambientes en los que se mueve. Pero no es de la sinceridad de lo único que quiero hablarles hoy, sino de la facilidad con que una persona que va de frente habla con los demás sobre cualquier tema, exponiendo sus ideas y, por supuesto, aceptando las del otro aunque sean totalmente opuestas. La persona sincera huye de las malas interpretaciones cuando emite un juicio o da una opinión, sabedora de la importancia que subyace en el mensaje que quiere transmitir. Y no estoy hablando de la mala educación de ir por ahí soltando a diestro y siniestro cualquier cosa que nos venga a la cabeza, que eso tampoco es sinceridad, sino un tipo de falta de respeto hacia los demás, y que suelen practicar muchos de los que se autodenominan sinceros. Nadie podrá decir que una intervención de alguien sincero "parecía insinuar" esto o aquello, porque además suelen ser muy directos, e ir al meollo de lo que quieren comunicar. Es por este motivo que lo mismo son de suma importancia en algunos ámbitos, como denigradas en otros, esos en los que la hipocresía de toda la vida es la reina, esos en los que se susurran las cosas al oído porque las paredes oyen, esos en los que quienes no pueden soportar oír la verdad, o al menos, lo que piensa otro de ellos, serían víctimas del sus palabras. Es en estos en los que me voy a centrar a continuación y no sin un poco de humor para intentar hacerles llegar mi mensaje. Están las personas que te preguntan lo que piensas acerca de cualquier tema y cuando oyen tu respuesta ponen cara de que hubiera sido mejor no haber preguntado, porque, obviamente, les has contestado lo que piensas, no lo que ellos querían oír. Esas personas suelen utilizar el lenguaje de una forma muy distinta al uso que de él hace el primer grupo. Este segundo grupo se caracteriza por sacar de contexto y tergiversar mensajes y conversaciones. Son expertos en tener "grupos de whatsapp de grupos de whatsapp", algo que me maravilla, y que les ilustraré con un ejemplo: Pongamos que Pepita (sí, me parece que vamos a tener que meter a nuestra Pepita en plantilla) está en el grupo "AMIGOS", ese grupo tan genial en el que se bromea, se ponen memes, se organizan quedadas y fiestas de cumpleaños de los niños y los padres, y en fin, se tiene una relación de "amistad". Si ustedes tuvieran ocasión de acceder a su móvil, podrían encontrar un grupo con algún nombre que implique que los miembros son los mismos, aunque no todos, porque no lo neguemos, hay amigos y amigos. Por ejemplo, si Pepita tiene poca imaginación, le habrá puesto el título de "AMIGOS 2", pero dos grupos con un nombre tan parecido pueden provocar que la interfecta publique una cosa donde en realidad quería publicar otra y se líe aquí la de Dios es Cristo. Así que si es un poco menos simple lo titulará "LOS OTROS", "EL OTRO LADO", o algo similar que lo diferencie claramente del primero. Pepita empezará sus frases con expresiones del tipo "A mí no me gusta criticar/malmeter/meterme donde no me llaman pero...", o "Estoy harta de tanto liante...". ¡Ah, y antes de que se me olvide! Donde escribo Pepita pueden ustedes leer Pepito, no se me vaya a molestar alguien diciendo que siempre pongo a una mujer como ejemplo. Lo siento, pero es que mayormente me muevo entre mujeres y es su mundo el que más conozco. Bien, pues nuestra protagonista se llevará bien con la mayoría de vecinos, amigos y compañeros de trabajo porque sabe muy bien cuando una pequeña mentira u omisión la salvará del destierro: Es lo que yo llamo una "bienqueda". Sí, sí, claro que he oído hablar de las mentiras piadosas, pero esas no son nunca para beneficio propio. La diferencia, si me permiten ir acabando, entre una persona sincera de verdad, pero educada y abierta, y Pepita, es que la primera estará rodeada de un grupo reducido de personas a lo largo de su vida, ya sean miembros de su familia, compañeros de trabajo, vecinos o amigos, porque no quiere a nadie más a su alrededor, porque huye de dramas, victimismos y complejos de culpa, mientras que Pepita será amiga de todo el mundo, tratará con toda su familia y sus compañeros de trabajo, amigos y vecinos, pero en A y en B, cuchicheando, abriendo un número ilimitado de grupos de whatsapp, presentando una opinión diferente en función de la persona con la que esté hablando y, en definitiva, sacrificando su tranquilidad mental y hasta física, y su honestidad porque a ella, señores, "no le gusta molestar a nadie".

sábado, 11 de febrero de 2017

AQUÍ ESTOY DE NUEVO


Queridos amigos, seguidores y lectores: 
Como sabéis, ya tengo otros blogs, María´s nice site, donde me encanta recopilar información y proyectos para mis alumnos, y Refugios del corazón, donde trato de llevar a cabo mi labor como escritora, que, dicho sea de paso, cada día se vuelve más y más complicada pues la vida real no deja de interponerse entre mi actividad favorita, la escritura, y yo. Dicho esto, permitidme presentaros este nuevo blog que he decidido crear para escribir artículos sobre temas que considero de actualidad, y en último caso, importantes para mí. La idea ha surgido ante la repercusión de uno de mis últimos artículos, Fabricando acosados, que ha recibido, como todo artículo que se precie, opiniones positivas y no pocas críticas, lo que significa que tengo algo que decir que puede remover conciencias y hacer reaccionar a los demás ante situaciones que estamos dando por sentadas cuando, en realidad, quizás está en nuestras manos cambiar. En cuanto al nombre del blog, Lo que te rondaré Moreno, pretende hacer alusión a los artículos arriba mencionados, que aparecerán semanalmente y serán mis opiniones personales, sin intención alguna de molestar u ofender, sino todo lo contrario. Si alguien se molesta u ofende ante alguno de mis post, le ruego encarecidamente que deje de seguirlo. Tendré en cuenta cualquier crítica o comentario constructivo, pero bloquearé a este tipo de personas que se dedica a malmeter para no llegar a ninguna parte. Así aquí lo tenéis, sentiros libres de enviarme vuestras ideas para artículos, presentadme vuestras novelas, vuestros artículos, si queréis que los publique, y en fin, participad, a ver si juntos logramos si no cambiar, al menos entender el mundo en el que vivimos. Un abrazo a todos.